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Solo canciones bonitas

Russian-Red

Nunca como aquí y ahora, en un mundo por completo estetizado, fue tan pertinente preguntarse por lo que el arte puede seguir aportando. ¿Qué tiene que ofrecernos cuando ya es arte todo lo que nos rodea? Las figuras de un sencillo pórtico románico fueron imágenes tan excepcionales en su época —las únicas que muchos contemplaron en vida— que no es difícil imaginar el estado de neurosis en que caería alguno de nuestros antepasados medievales si fuese teletransportado a la era de la pantalla global. De Internet a la publicidad, de la televisión a la propaganda política, vivimos en el imperio de la estética; mera estética con demasiada frecuencia. Un torrente de estímulos que ha terminado por relegar al papel de segundones a quienes durante milenios tuvieron el monopolio de la imagen: los artistas.

Durante mucho tiempo la principal baza mediante la cual estos privilegiados mantuvieron su posición de fuerza fue la belleza. Pero intentar prolongar una tradición dentro de la cual Arte es igual a Belleza hace muy difícil la recuperación de aquel como algo central en nuestras vidas. Umberto Eco empezó su Historia de la belleza con varias tablas comparativas en las que uno puede ir viendo la evolución de algunos arquetipos: la imagen de la “Venus desnuda” arranca con las de Willendorf, Cnido y Milo, y termina con Marilyn Monroe, Brigitte Bardot y Monica Belucci posando para el calendario Pirelli. El “Adonis desnudo”, que comienza con los Kouroi arcaicos y el Discóbolo, llega al siglo XX con Marlon Brando y Arnold Schwarzenegger en Comando. La “Venus vestida” va de la Dama de Auxerre del siglo VII a. C. hasta Anita Ekberg en La dolce vita. El “Adonis vestido”, de las imágenes de un faraón egipcio y un guerrero griego a David Beckham y George Clooney. “María”, de un mosaico medieval a Madonna. “Reyes”, de un busto colosal de Akenatón a una foto oficial de JFK. Al repasar estas tablas, en las cuales Eco no incluye una sola obra de arte posterior a 1929, uno confirma que el arte ha dejado de capitalizar, desde hace bastante, el viejo anhelo humano de aprehender lo bello.

Muy poca responsabilidad tiene en todo esto la vanguardia, por mucho que a menudo todavía escuchemos los lamentos de los guardianes de las esencias eternas del arte, mayormente pintores trasnochados y algún premio Nobel de literatura. Quienes hoy siguen empeñados en articular su obra entorno a lo bello deberían empezar a pensar en que esos otros artistas que no están interesados en tal concepción (los desaprensivos que pintan manchones sin sentido o reúnen cuatro cacharros en una instalación) no tienen la culpa de sus males. Los apologetas de la belleza harían bien en aceptar que su verdadero enemigo —la competencia que se lo ha puesto realmente imposible— son las Scarlett Johansson a las que el público tiene acceso las 24 horas del día: en las películas de moda, en los anuncios de televisión, en los carteles del metro, en las pantallas de nuestros móviles. Eso es contra lo que no competía la Venus de Botticelli, y por eso le fue tan bien.

Llega un punto, por supuesto, en que lo absolutamente bello es indistinguible de lo horriblemente feo. ¿Hasta qué punto pueden hacerse oír los artistas en medio de una vorágine estética en la que también las imágenes de lo abyecto nos han colonizado hasta la anestesia? Uno se topa, después de la carnicería televisiva de turno, con los ojos inyectados del Saturno devorando a sus hijos de Goya, y querría pensar que en el fondo es un buen tipo que ha tenido un mal día. Es fiarlo todo a los aspectos formales lo que constituye el verdadero problema. Lo que nos conduce a la inanidad del arte.

Fue Leonardo quien al decir que “la pintura es cosa mental” sentó los pilares del edificio artístico de la contemporaneidad. Su audacia consistió en percibir su oficio como trabajo conceptual antes que como destreza manual, y las consecuencias de este planteamiento empezaron a afectarnos seriamente, como público, desde principios del XX: ¿y si la experiencia del arte no tiene tanto que ver con las tan traídas y llevadas emociones como con un trasvase de conocimientos? ¿Y si el asunto no va del impacto producido por un gesto, sino del poso dejado por un trasfondo discursivo?

Este debate, en artes visuales abanderado hoy por retardatarios sin ninguna gracia, mantiene todavía cierto aire de interesante querella cultural en la música, de la que oímos hablar continuamente como el arte superior de los sentidos (con esta cursi expresión o alguna otra parecida), y que, a diferencia de otras disciplinas artísticas, sigue teniendo un papel importante en nuestras vidas, aunque sea sobre todo como forma de evasión. Afortunadamente siempre hay quien va más allá, y no hace falta acudir a Schoenberg. Nacho Vegas captó perfectamente la coherencia ideológica del mainstream cultural cuando dijo que no le extrañaba que su colega Russian Red fuese de derechas —como ella misma confesó—, pues lo único que pretendía era “hacer canciones bonitas”. Nada más cierto: a fuerza de complacencia, lo meramente bello engendra fácilmente conservadurismo. Que es como decir, en arte, inanidad.

Disfrazado como suele de cientificismo barato, Eduard Punset insistía hace poco en el tópico emocionalista de la música, concluyendo una delirante entrada de su blog con la sugerencia nada inocente de que “A lo mejor lo único que importa es, justamente, lo que nos embelesa: sentir que formamos parte de la manada, empatizar con los demás”. Ideólogos como él de la mansedumbre humana abundan en este enfoque a la menor ocasión, ya se sabe: quien alienta un arte simple es porque suele tener planes bastante retorcidos para la sociedad; “Siéntelo, no lo pienses”, es la consigna de los iluminados más peligrosos. En lo estrictamente musical, merece la pena escuchar a quien realmente sabe de lo que habla, por ejemplo el director de orquesta Nikolaus Harnoncourt: “Nuestra vida musical se encuentra en una situación pésima: en todas partes hay teatros de ópera, orquestas sinfónicas, salas de conciertos; una oferta rica para el público. Pero allí tocamos música que no entendemos en absoluto, destinada a hombres de otros tiempos; y lo más curioso de esta situación es que no tenemos ni idea del problema, porque creemos que no hay nada que entender, que la música se dirige directamente al corazón”(1). Lamentablemente, casi nadie conoce a Harnoncourt, mientras que Punset es actualmente un pequeño líder de masas en España.

A todos nos gusta que una bonita canción o un paisaje sublime nos conmuevan, por descontado. Ocurre que si la hiperestetización de Occidente no va a remitir, quizá no sea necesario que los artistas se sumen en masa —también ellos— al carnaval. A lo que no deberíamos renunciar nunca es a un arte concebido como forma de conocimiento: esa es la valiosa aportación en la que deberíamos profundizar en el futuro, y cifrar en ella nuestras esperanzas de revitalización cultural. La exigencia de discurso, plantea, eso sí, un problema peliagudo a los artistas actuales. Si tener algo interesante que decir es requisito indispensable para acceder al reino del arte, ¿cuántos de ellos conseguirán entrar en él?

    1. Nikolaus Harnoncourt: La música como discurso sonoro, Acantilado, Barcelona, 2006, p. 27

(Artículo publicado originalmente en Jot Down)

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