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La insoportable levedad del bróker

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Hace un par de meses, un casi cuarentón de aspecto moderadamente rocker viajaba junto a su hermano adolescente (proyecto poco avanzado de hipster) en el mismo vagón de metro que yo. De vez en cuando, el más joven golpeaba con el palo de un chupachús en el periódico tras el cual leía el mayor y le decía con solemnidad impostada “Véndeme este boli”, sin conseguir por respuesta -al menos mientras compartí viaje con ellos- nada más que algún “No seas pesado” y media sonrisa entre condescendiente y resignada. Enseguida imaginé que los dos hermanos venían de ver juntos El lobo de Wall Street: el chaval estaba reproduciendo la prueba preferida por el corredor de bolsa protagonista para seleccionar a sus discípulos. También me dio por pensar que la poca implicación del mayor en el juego no se debía tanto a su interés en la lectura como al resquemor que le provocaba una incómoda circunstancia histórica: que al chico le hubiese tocado flipar con el “Lobito” Jordan Belfort en lugar de con Henry Hill o algún otro gánster de Uno de los nuestros, el título de Martin Scorsese que al cuarentón le habría atrapado de adolescente (a él y a mí). En mala hora, continué fantaseando, aquel tipo había hecho caso a los críticos que hablaban de la vuelta del Scorsese más gamberro y se había llevado al crío al cine. Si mis elucubraciones eran acertadas, había de sobra para compadecerle: yo también me sentiría abochornado si mi hermanito hubiese quedado prendado por los trucos de un bróker. Antes, la canallesca de un gánster. De largo.

¿Quién no lo ha deseado? Desde los tiempos dorados de Hollywood, el cine de gánsteres tuvo la osadía de mostrarnos como héroes a auténticos criminales, en la convicción de que el espectador albergaba las suficientes dosis de incorrección política, más o menos aletargadas, como para identificarse con ellos antes que con los policías que les perseguían. Que debamos llamar antihéroe en lugar de héroe a alguien como Tony Camonte es lo de menos: lo importante es que él somos nosotros cuando vemos Scarface, y así ocurre con muchos otros indeseables del estilo que hacen de un continuo infringir la ley su forma de vida. ¿Por qué empatizamos con Camonte o con Tom Powers? ¿En qué se fundamenta el atractivo de este arquetipo ya legendario? Desde luego, tiene mucho que ver en ello la condición marginal de los mafiosos. De algún modo, estos tipos tan turbios, salidos -pero aún dentro- de las cloacas de la sociedad, apelan al antisistema que llevamos dentro, y muchos debemos de llevarlo a juzgar por el escaso público que ve estas películas escandalizado todo el rato por conductas de moralidad vidriosa (del modo en que sí nos agrede la maldad de otros villanos cinematográficos). Los gánsteres, por supuesto, suelen pagar un alto precio por su descenso a los infiernos: casi siempre mueren al final, lo cual no impide que, como recordaba hace poco en un artículo Santiago Roncagliolo, uno todavía termina de ver Uno de los nuestros queriendo ser uno de ellos. Cuando Scorsese la dirigió, el género se había transformado ya en una cita con la nostalgia. Hacía dos o tres décadas por lo menos que las películas de gánsteres eran, además de ambiguos relatos de vidas poco ejemplares, evocaciones de una época (sobre todo del cine) pasada, y este aroma retro lo desprenden personajes tan distintos como los shakesperianos Corleone, el frenético Tony Montana o el derrotado Lou Pascal de Atlantic City (este último apenas un reflejo de lo que fue en su juventud, tampoco demasiado entonces).

Harry “el Sucio”, en cambio, no tenía nada de retro. Era un héroe (o un antihéroe) del presente, un policía: en el thriller policíaco es el perseguidor -no el perseguido- por quien se nos insta a tomar partido. Hay que reconocer que los policías siempre fueron los candidatos mejor colocados para terminar domesticando nuestra veta gansteril, ya que podían compartir con los malos muchos de sus atributos. En la gran pantalla hemos visto a un montón de agentes de la ley tan intrépidos, bebedores y nihilistas como los delincuentes a quienes tratan de meter entre rejas, y además también llevan pistola. Pero un policía es lo que es, y por muchas ovejas negras que surjan en el cuerpo, la Policía nunca podrá representar lo marginal de la manera en que lo encarna siempre un submundo como el de los mafiosos. El hecho de que maderos de diverso pelaje, junto a FBI, CIA y todas las demás especies de filiación policíaca hayan ganado finalmente la partida, con su abrumador protagonismo en el cine mainstream sugiere que nuestro amor por la ley y el orden es, en realidad, considerablemente mayor que nuestra atracción por la subversión y el caos, lo cual me parece, como mínimo en términos estéticos, deprimente. La cosa ha llegado a un punto ridículo donde los tipos que el público quiere ser son sujetos como James Bond -por no hablar de Batman- cuyas rocambolescas y carísimas peripecias consisten en saltarse continuamente la ley para que el poder no sea subvertido jamás. Sí, un policía es lo que es. Pero reconozcamos también lo que no es: un miserable bróker.

Me refiero a que en El lobo de Wall Street, Scorsese no lo ha vuelto a hacer, al contrario de lo que añade en su artículo Roncagliolo, quien ahora –culo veo, culo quiero- ruega a Dios que le convierta en corredor de bolsa. No es el único, ni mucho menos, que ha colocado las tropelías del “Lobito” en la estela de Uno de los nuestros o Casino. El primero ha sido el propio Scorsese, el primero en equivocarse: o de registro o de compañeros de viaje en este retorno suyo. Como muchos otros artistas en decadencia antes que él, Scorsese sí ha vuelto en el sentido de que ha pretendido rehabilitarse (de la inanidad cinematográfica en la que vivía instalado) tirando de repertorio: simplemente ha recuperado la pirotecnia gansteril porque es su marca más reconocible y añorada (en El Lobo uno tiene la sensación de estar viendo un Scorsese corregido y aumentado por algún imitador tan bueno que ha terminado pasándose tres pueblos). Pero su auto-revival, que equipara mafia y capitalismo financiero describiendo este de la misma rumbosa manera empleada en el tratamiento de aquella, implica la sorprendente inclusión de los corredores de Wall Street en la leyenda de los marginales. Y no creo que esto sea volver a Uno de los nuestros, ni a Casino, ni a Malas Calles. Verán, como espectador puedo querer ser muchos malos de película, mafiosos, piratas y forajidos varios, incluso científicos locos o atormentados seres monstruosos. Pero, en serio: ¿Un corredor de bolsa? ¿Un teleoperador que vende humo? Ya sé que con tan poca cosa estos tiburones de secano se han erigido en el nuevo símbolo del poder (bueno, de hecho son el poder que de verdad cuenta; quizá deberíamos ir olvidándonos de la policía, del Estado y de todo lo demás), pero ocurre que, por muchas canciones que pinche Robbie Robertson para intentar amenizarlo, vender humo por teléfono no resulta ser precisamente la actividad humana más interesante del mundo. Pues bien, esto es todo lo que hacen los señores de El lobo de Wall Street cuando “trabajan” (esto y algunas gestiones con un banco suizo de las que lleva a cabo un político español cualquiera un día cualquiera). Aunque Scorsese intente disfrazar a Belfort y sus amigotes de temerarios hampones de los que se jugaban la vida en callejones y clubs, yo no consigo ver más que a un hatajo de mierdecillas que solo juegan con la de los demás desde un call center.

Después están los momentos de asueto: el sexo, las drogas, el desenfreno; muy presentes en la película, el grueso de ella. Que a la chavalada o a Roncagliolo les seduzca la vida privada de un bróker putero y farlopero tanto como la de un gánster putero y farlopero también indica hasta qué punto nos da igual ocho que ochenta. El problema no son, claro que no, las prostitutas y la cocaína. El asunto es que hay que merecérselas, tanto como la leyenda: mancharse las manos, pelear, exponerse (pero hacerlo de verdad, no jugar a las mafias con el asistente de la limpieza). ¿Se aprecia la diferencia? ¿No es suficientemente clara como para influir, al menos un poco, en el flujo de las empatías entre personajes y espectadores? Para mí lo es, y notable. Para otros muchos, ya ven, Scorsese simplemente lo ha vuelto a hacer. Espero que si en el futuro alguien consigue convencer a Marty de que puede salir otro Uno de los nuestros del auge y caída de Luis Roldán, no tengamos que pasar el trago de escuchar a sus incondicionales decir: “¡Lo ha vuelto a hacer, quiero ser director de la Guardia Civil felipista!” Sería lo último. O no. ¿Quizá un Francisco Correa refocilándose entre putas y coca harían que Roncagliolo saliese del cine queriendo ser chanchullero del PP?

Por otra parte, enternece leer -tantas veces estos días- que las películas solo son películas, y que cuando terminan nadie corre a hacerse bróker, como tampoco gánster (ni policía). No sé cuántas vocaciones gansteriles debemos al cine, pero me gustaría recordar aquí a la cantidad de cretinos que tras ver Wall Street tomaron y siguen tomando El arte de la guerra (la biblia de Gordon Gekko) por una estupenda guía de conducta profesional, e incluso personal. Como era previsible, empresas de marketing, profetas del management y el coachingemprendedores en general: líderes– no han tardado en mostrar su entusiasmo también ahora, quiero decir por las enseñanzas con que El Lobo contribuye a seguir abonando la mitología capitalista del vendedor audaz (cháchara, debo confesarlo, que me ruboriza más de lo que me repugna). ¿Que qué opina de la película la verdadera fauna bursátil, los lobitos reales? De nuevo pocas sorpresas aquí. Según cuenta un perplejo cronista, el nutrido grupo de ellos que acudió a un preestreno en Nueva York estuvo muy lejos de captar ninguna ácida crítica a su mundo, más bien al contrario: por lo visto no pararon de dar rienda suelta a sus más bajos instintos financieros durante toda la proyección, jaleando a Belfort en sus desmadres y reprobándole cuando parece que va a delatar a sus compinches estafadores para librarse de una larga temporada en la cárcel, al grito -al aterrador grito-de: “¡Sé fiel a tu empresa!”. Que se vieron guapísimos en el espejo, vamos. Está claro que los capitalistas salvajes suman a su voracidad otra excepcional característica, como si fueran extrañas criaturas por completo refractarias a la parodia e inmunes a su ridiculización, un poco como los frikis: burlarte de ellos no puede hacerles mella porque ya son un chiste.

Por supuesto, nada más lejos de mi intención que amplificar chillidos de puritanismo y llamados a la censura (si creen que la mojigatería de la Academia de Hollywood es exagerada, esperen a leer lo que es capaz de engendrar una mentalidad peneuvista). En absoluto creo imposible identificarme con un adicto al dinero, la prostitución y las drogas cuyas peripecias se cuenten en tono de humor negro. Eso es justamente John Self en Dinero, la novela de Martin Amis. Pero claro, John Self (que no es corredor de bolsa, sino un publicista aspirante a cineasta que a menudo se comporta como un matón) tiene tantos problemas, taras e inseguridades como todos nosotros; puede resultar exagerado querer ser él, pero también muy difícil no estar con él. El único personaje de El Lobo que me transmite algo parecido apenas sale tres minutos: se trata de la bróker que, para jolgorio de sus compañeros, se deja afeitar la cabeza a cambio de diez mil dólares, los cuales ha prometido emplear en ponerse tetas nuevas. Echo de menos en la película más rostros como el de esa mujer auto-humillada y jadeante, que intenta resultar convincente en su euforia aunque en realidad ríe de miedo ante la manada desatada (de la que forma parte), que tiembla de vergüenza ajena y sobre todo propia, que siente el vértigo del éxito sin fin. En esa cara quebrada está, brutalmente, todo lo que en el resto de personajes ni tan siquiera asoma. Cuando la vi retirarse exhausta con sus diez mil, trasquilada como en Auschwitz mientras la orgía de la productividad de los viernes comienza en las oficinas de Stratton Oackmont, experimenté -además del único momento turbador en tres horas metraje, junto al provocado, sí, por el plano final- unas ganas terribles de saber cómo habría pasado esa chica el resto del día: el trayecto a casa luciendo sus calvas, la mirada inquisidora de algún transeúnte, la ducha urgente al llegar. Saber qué rondaría aún por su cabeza de loba tiñosa al caer la noche, a solas en su apartamento. Saber si tal vez pensó, como John Self (apostaría a que sí):

Look at my life. I know what you’re thinking. You’re thinking: But it’s terrific! It’s great! You’re thinking: Some guys have all the luck! Well, I suppose it must look quite cool, what with the aeroplane tickets and the restaurants, the cabs, the filmstars, Selina, the Fiasco, the money. But my life is also my private culture –that’s what I’m showing you, after all, that’s what I’m letting you into, my private culture. And I mean look at my private culture. Look at the state of it. It really isn’t very nice in here. And that is why I long to burst out of the world of money and into – into what? Into the world of thought and fascination. How do I get there? Tell me please. I’ll never make it by myself. I just don’t know the way.*

No son la clase de dudas que anidan en la conciencia de Jordan “DiCaprio” Belfort. Y para decirlo de una vez: los triunfadores, que ya son aburridos de por sí, se hacen insoportables cuando además carecen de fisuras morales o conflictos sobre su filosofía de vida. Intentar un nuevo “Auge y caída de…” a partir de la figura de un triunfador nato (¿o no lo es un showman experto en psicología de la venta, un gurú de los resortes maestros del sistema?), es solo forzar la máquina del malditismo. Es obviar el hecho crucial de que en el panteón capitalista no hay lugar para los mártires (o anti-mártires), no digo ya para el equivalente de un Henry Hill -cuya condena es el mero anonimato-, sino sobre todo para tipos como el Arthur Cody Jarrett de Al rojo vivo, quien ,acribillado por la policía, se despide en lo alto de un depósito de petróleo a punto de explotar aullando “¡Mira, mamá: en la cima del mundo!”, directo a la gloria reservada para quienes han vivido permanentemente en la derrota, como contrapoder. Ahora piensen en la idea de morir por el capitalismo, intenten hacerlo sin troncharse de risa.

Mi ajuste de cuentas, en todo caso, ya ha tenido lugar. Solo he tenido que imaginar juntos a unos cuantos ejemplares de las dos estirpes que, merced a la confusión propiciada por Scorsese, a algunos les parecen la misma ahora. Una fiesta en algún local de Manhattan. Corredores de bolsa y gánsteres comparten negocios, mujeres, drogas. Todos lo pasan estupendamente. El “Lobito” no cabe en sí de gozo mientras contempla a los viejos mafiosos. “Antes el público quería ser uno de los vuestros, pero ahora se pirran por ser uno de los nuestros”, piensa ufano. Pide un bolígrafo a una camarera que pasa y, con su mejor sonrisa (es la de Leonardo DiCaprio), se acerca a la barra, donde ha localizado al no menos sonriente Tommy De Vito de Uno de los nuestros (Joe Pesci y su brillante dentadura), que bebe en buena compañía. “Véndeme este bolígrafo”, le suelta el bróker al gánster. Pero resulta –Belfort se da cuenta demasiado tarde- que Tommy no es Tommy. Sigue siendo Joe Pesci, pero en la piel del Nicky Santoro de Casino. Ya ha agarrado el boli, suena Long Long While de los Stones y su demostración va a comenzar.

 

*Martin Amis, Money: A Suicide Note, Vintage Classics, UK, 2012 [1984], p. 123

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