LAS RUINAS SUBLIMES

Las ruinas sublimes I. Antes de la rebelión

Damien Hirst exhibition

Una obra de arte como La imposibilidad física de la muerte en la mente de alguien vivo (el tiburón de Damien Hirst) define nuestra época como pocas. Para empezar debemos admitir que, a la hora de concitar vida y muerte en un solo rostro, Hirst demostró ser un excelente director de casting. Como el gesto inexpresivo de las aves (que el Norman Bates de Psicosis creía los únicos animales realmente adecuados para la taxidermia), el semblante de este gran pez es también incorruptible; exactamente el mismo esté contemplando desde su sepulcro-piscina a los visitantes del Metropolitan de Nueva York o a punto de atacar a un surfista en Amity Island. Pero además de un hallazgo visual, La imposibilidad… es una declaración. Nos habla sobre el viejo anhelo humano de trascendencia, y sobre todo de nuestra actual renuncia a aspiraciones de ese orden. El tiburón nos recuerda que la muerte no solo es irreversible, sino también inescrutable: una mente viva no está en condiciones de aprehenderla, solo podemos esperar a que llegue. Nos advierte –y tiene muchos dientes y muy grandes para resultar convincente- que no deberíamos intentar acceder a ese contramundo antes de tiempo, que ese tiempo llegará lo queramos o no. Como en la vanitas barroca, lo que nos devuelve al mirarlo -la idea a la cual debemos plegarnos- es el reflejo de nuestra condición humana, efímera y mortal.

También sumisa. Por los mismos años en que las vanidades proliferaban en la pintura europea, Thomas Hobbes tuvo una idea exitosa: la obediencia de los humanos al poder sería total si el objeto de su temor fuese, en lugar de la ira de Dios, la de otros humanos. El miedo a lo desconocido tiene al menos algo de poético, pero pensar en lo que nosotros mismos podemos llegar a ser capaces de hacer produce un terror de una familiaridad difícilmente soportable. Y Hobbes no era un poeta. En su relato sustituyó el Paraíso perdido por un estado de naturaleza anárquico en el cual los hombres no es que sean invariablemente lobos para los demás hombres, sino que podrían llegar a serlo; duda hábilmente sembrada en pos de una sociedad anclada en la sospecha. Según él, únicamente un artefacto de sofisticado diseño como el Estado puede salvarnos. Merece la pena recordar en qué términos se describe en el Libro de Job al monstruo que Hobbes escogió como modelo para su máquina perfecta:

La sola vista del Leviatán aterra, es de ilusos esperar vencerlo. Nadie hay tan audaz que se atreva a provocarlo; ¿Quién puede resistirlo frente a frente? ¿Quién lo atacó y salió ileso? ¡Ninguno bajo los cielos!” (1)

El nuevo Leviatán exigía total obediencia a cambio de protección. ¿De quién? De otro monstruo: nuestra propia naturaleza. El lobo –o el tiburón- que todos llevamos dentro debía permanecer aletargado. O mejor, encerrado en una vitrina y sumergido en formol igual que los especímenes de laboratorio que nos asustaban cuando éramos niños.
Según va uno leyendo a Stefan Zweig sobre lo demoníaco parece que el tiburón, el lobo y el Leviatán empiezan a fruncir el ceño y se van a poner a repartir dentelladas de un momento a otro:

Llamaré demoníaca a esa inquietud innata, y esencial a todo hombre, que lo separa de sí mismo y lo arrastra hacia lo infinito, hacia lo elemental. Es como si la Naturaleza hubiese dejado una pequeña porción de aquel caos primitivo dentro de cada alma y esa parte quisiera apasionadamente volver al elemento de donde salió: a lo ultrahumano, a lo abstracto. El demonio es, en nosotros, ese fermento atormentador y convulso que empuja al ser, por lo demás tranquilo, hacia todo lo peligroso, hacia el exceso, al éxtasis, a la renunciación y hasta a la anulación de sí mismo. (2)

Lo cierto es que durante un par de siglos fueron bastantes quienes, sin dejarse amedrentar, se aventuraron en la búsqueda de lo ultrahumano, y no pocas veces fiándolo todo a lo demoníaco. Nuevos prometeos que no creyeron en sus limitaciones y quisieron ir en vida más allá de la muerte. A por la verdad, decían. Gente que, simplemente, despertó a su propia bestia en lugar de someterse a la que Leviatán representaba. Tal osadía hizo parte de eso que llamamos secularización de Occidente, pero fue también una reacción a dicho proceso: el motín ante un poder político absoluto en manos de tipos que se llamaban a sí mismos cosas como Rey Sol y que no necesitaban a Dios para nada, porque la nueva religión era el Estado, y el Estado también eran ellos.

Esos doscientos años de rebelión, que empezaron en el momento en que la vanitas barroca dejó de amargarnos la existencia, hace tiempo que terminaron, y ahora es el posmoderno tiburón de Hirst quien nos reprocha aquella arrogancia. Lo que va en medio -desde la caída del Antiguo Régimen hasta la consumación del capitalismo avanzado- fue un descomunal salto al vacío, tal vez el más osado de la historia, puede que el más desastroso también. Entre quienes se arrojaron por el acantilado los había deseosos de acabar con todo, pero también convencidos de que en el fondo aguardaba una revelación de proporciones incalculables. El suicidio era, en definitiva, un camino por explorar.

Pero ya no. El tiburón de Hirst acierta al suponer que muy pocos se atreverán a nada parecido. Igual que todo lo hecho de frustración, La imposibilidad… resulta ante todo castrante, manteniéndonos dentro de los estrictos límites que el Capital nos concede ahora igual que antes hizo el Estado y antes Dios. Esas fauces están ahí para advertir incluso a los cuatro nostálgicos que todavía sueñan con no hundirse en la ciénaga que rodea a la verdad, ese invento más bien pasado de moda. Y qué desalentador es haber dejado de tomarse en serio la ficción más grande jamás inventada. No recordar, como todavía pudo Julio Verne antes de que el decorado de la posmodernidad fuese levantado sobre las ruinas de lo sublime, que “todo lo que de grande se ha realizado ha sido en nombre de esperanzas exageradas”.

 Las ruinas sublimes II. Lo sublime que encierra la crueldad

(1) Job 41, 1-3

(2) Stefan Zweig, La lucha contra el demonio, Acantilado, Barcelona, 1999, p. 11

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s